Por Dafna Lender

Son las cuatro de la tarde del martes. Me encuentro por primera vez con una clienta de catorce años. Todo lo que sé de ella es lo que me dijo su asistente social en la llamada de cinco minutos que tuvimos para concertar la cita:

—Se llama Juliette. Su padre está en la cárcel. Su madre desaparecida. Su madre de acogida está demasiado ocupada para venir a terapia. Juliette irá en autobús a tu oficina.

Ya estaba acostumbrada a este tipo de llamadas bruscas. Nunca había ninguna emoción en ellas, sólo una declaración directa de los hechos.

—¿Por qué la envían a terapia? –pregunté al trabajador del caso.

—Es irrespetuosa. Se ríe en la cara de sus padres de acogida cuando le piden que ayude en casa o intentan disciplinarla. Se aísla, no quiere hablar con ellos, no tiene amigos.

—¿Cuál es su plan de permanencia? ¿Va a volver a casa? ¿Será adoptada por esta familia de acogida? ¿Por una diferente?

—No, no, no. Juliette se quedará en esta casa de acogida hasta que se emancipe del sistema de bienestar infantil.

Cuando entro en la sala de espera para encontrarme con Juliette, la recepcionista abre los ojos en señal de advertencia y asiente en su dirección. Miro y veo a una chica grande vestida con vaqueros negros, botas negras, sudadera negra con una capucha que le tapa hasta los ojos, de tal manera que no pueden verse. Lleva una mochila negra a la espalda tan llena que abulta más de dos palmos.

—Juliette, hola, soy Dafna.

Extiendo la mano. Levanta la cabeza sólo por un instante, apenas me deja ver sus ojos. No dice nada. Es intimidante. Retiro la mano.

En mi oficina, Juliette se tira en el sofá. ¡Pum! Como consecuencia, la lámpara de mesa se tambalea.

—Hola, encantada de conocerte –digo–. ¿Qué tal el viaje en autobús hasta aquí? –Silencio–. ¿Por qué no me hablas un poco de ti? ¿Con quién vives? –Más silencio.

Estuvimos así sentadas un rato, sin que se abriese ni un resquicio en la oscuridad de esa capucha. Finalmente habla:

—Vivo con mi puta madre de acogida y su puto marido y la idiota de mi hermana de acogida.

—Bien. Genial –digo–. ¿Qué te parece la escuela? Parece que te ponen muchos deberes. –Hago un gesto hacia la mochila gigante.

—No –dice–, no es eso.

—¿Qué quieres decir? ¿No son libros para hacer los deberes?

Mantiene una sonrisa irónica pero no dice nada. La miro, pero ella no me devuelve la mirada. Noto lo largos y finos que son sus dedos, cómo su pelo marrón se riza sobre esa capucha oscura en pequeños caracolillos, cómo sus labios están tan secos que se agrietan. Aunque no puedo ver su cara, la identifico–. ¿Cuál es tu aperitivo favorito? –Lo intento.

Me mira por primera vez desde que nos vimos en la sala de espera.

—Patatas fritas picantes –responde. No duda un instante.

– – – –

Es el martes siguiente y Juliette está a punto de llegar. Corro a la tienda para comprar patatas fritas picantes y un refresco de naranja y llego justo a tiempo para verla atravesar la puerta con sus vaqueros negros, sus botas negras, su sudadera negra con capucha y su enorme mochila llena.

—Hola, Juliette, vamos de nuevo –le digo, todavía sin aliento.

Va dando pisotones detrás de mí y se tira en el sofá, con la capucha como un escudo, una vez más.

—Te he traído patatas fritas y refrescos –gorjeo.

Ella no se mueve. Tiene las manos en los bolsillos de la sudadera. No mira hacia arriba. —Aquí están –digo abriendo la bolsa y colocándola a su lado.

Le quito la tapa al refresco y la pongo sobre la mesa. Vacila un segundo, se endereza, luego coge las patatas y lentamente comienza a comer. De vez en cuando toma un sorbo de su refresco. No me mira en absoluto.

Veo la cobertura roja artificial de las patatas picantes filtrarse por sus labios agrietados. Me pregunto si le duele. No decimos nada hasta que ella termina. Parece estar muy lejos. —¿Quieres jugar a las cartas? –pregunto tranquilamente.

Juliette se encoge de hombros. Jugamos a pesca (juego de cartas que consiste en juntar cuatro cartas iguales cada una de un palo) durante el resto de la sesión. Al final, me mira y dice:

—Mi papá solía jugar a las cartas.

– – – –

El sábado siguiente, estoy en la tienda y veo el brillante bálsamo labial ChapStick de barra de caramelo junto a la caja registradora. Pienso en los labios agrietados de Juliette y cojo uno para ella. También compro un paquete de doce bolsas de patatas fritas picantes y un refresco de naranja. Llevando estos artículos a casa, me pregunto si la menta en el ChapStick aliviará sus labios o hará que le piquen más. «¿Por qué estoy tan preocupada por esta chica?».

El martes, oigo los pisotones de Juliette por el pasillo, stamp, stamp, stamp, y luego su golpe en el sofá. Su capucha permanece sobre los ojos, la enorme mochila en el suelo junto a sus botas. Coge las patatas fritas y el refresco de la mesa. Cuando termina de comer, le digo:

—Oye, me he dado cuenta de que tienes los labios agrietados, así que traje un ChapStick, sólo para ti. He escrito tu nombre en él.

Extiendo la mano para dárselo, pero ella no se mueve. Acerco mi silla y le digo:

—Mira, ¿te gusta este sabor? Está sin usar. ¿Ves el precinto?

Sigue mirando hacia abajo. Me inclino hacia adelante. Me arriesgo. Rompo el precinto, le quito la tapa, se lo acerco por debajo de la capucha a los labios y le aplico el brillante ChapStick. No se mueve, pero tampoco se acobarda. Se lame los labios después de un minuto. Coge el tubo y lo inspecciona.

—Lo guardaré aquí para ti, y podrás usarlo siempre –le digo–. Estará aquí sólo para ti.

– – – –

La siguiente sesión comienza de la misma manera: pasos pesados, tirarse en el sofá, ojos ocultos, excepto que ahora, después de caer en el sofá, Juliette saca los labios de debajo de la capucha, esperando que le aplique el brillante ChapStick de menta. Lo hago, cuidadosamente, asegurándome de permanecer dentro de las líneas de exagerado mohín. De alguna manera, se percibe que hay mucho en juego. Estoy muy segura de que si alguien me hubiera visto en ese momento, esto habría aparecido en la supervisión. ¡Límites! Pero funciona…, la capucha se retira.

Juliette coge la baraja y sin palabras empieza a repartir. Se come las patatas fritas, se bebe el refresco. No decimos nada; ni siquiera me mira la mayor parte del tiempo. Plas, echo una carta; plas, ella echa la suya. Plas, echo mi carta; plas, ella echa la suya. Me viene a la cabeza una canción de Queen. «Is this attunement, or just a fantasy? Mirror neurons fire… this is reality!».

Cuando viene a mi sesión la semana siguiente, inmediatamente busca sus patatas fritas picantes. «Oh, mis patatas picantes», dice sin aliento, como si su vida dependiera de esa bolsa. Me ofrece una patata. No tolero la comida picante, pero acepto y doy unos cuantos mordiscos. Al instante, tengo la boca ardiendo. Ella se ríe con ganas mientras abanico mis labios y busco agua. Luego, mientras mordisquea, me cuenta su día: sobre todo, lo estúpidos que son sus padres de acogida, lo idiota que es su hermana de acogida, cómo le gustaría poder vivir con su madre. Intento actuar con normalidad, pero sigo pensando sin podérmelo creer, «¿Ahora está charlando conmigo?». Cuando le pregunto dónde cree que está su madre, dice:

—No lo sé. Solía quedarse con mi tío, pero ya no está allí.

—¿Dónde está tu padre?

—Mi padre está en la cárcel.

Trato de no transmitir demasiada emoción, nada que la haga retroceder al hueco de esa capucha oscura.

—¿Alguna vez hablas con él?

—No –dice ella–, porque cada vez que llama desde la cárcel, mis entrometidos padres de acogida me hacen ponerlo en manos libres.

«¿Qué? –pienso– eso no está bien». Estoy indignada por ella.

—¿Quieres llamarlo desde aquí? –se me escapa.

Juliette me mira con grandes ojos.

—Está bien.

Cada vez que llega a terapia, actúa con pánico: «¿Tienes mis patatas fritas?». Pero lo que oigo es: «¿Te has acordado de mí? ¿Te importo? ¿Te importa?».

Enviamos una carta a su padre pidiéndole que la llame durante su próxima cita y lo hace. —Papi –Su voz brilla con devoción, una voz muy joven y dulce, que no reconozco–. Sí, me va bien en la escuela. Sí, me va bien en casa. Sí, me gusta leer y esas cosas. Bien, papá. Bien. Te quiero, papá.

Cuelga. Ahora está en silencio. Jugamos a las cartas durante el resto de la sesión. No dice ni una palabra, ni siquiera suelta una sonrisa de júbilo cuando gana. Intento participar protestando y quejándome de la derrota, pero ella no responde. Trato de echar una carta en la mesa para que ella pueda ganar, pero no lo hace.

– – – –

En la próxima sesión tengo un «salón de manicura» instalado en mi oficina. Saqué esta idea de mi mentora de Theraplay, Phyllis Booth, como una forma divertida de abordar las necesidades de apego de un niño con la crianza y el cuidado. Así que tengo un barreño de agua caliente y jabón para remojar, crema para las cutículas, loción para las manos, una lima de uñas y diversos esmaltes de colores que he llevado de casa. Cuando ve los artículos, se le dibuja una mirada interrogante en la cara. Se deja caer en el sofá y comienza a inspeccionar los colores. Empiezo a lavarle la mano, luego la seco, la pongo crema. Quiere alternar el verde y el azul, lo cual yo acepto de buen grado. Y para mi sorpresa, cuanto más avanzamos en la manicura, más sociable se vuelve.

Muy pronto, se ríe y chilla mientras me cuenta historias sobre su hermana de acogida, que es tan estúpida como para que la pillen guardando comida bajo la cama, y luego llorar cuando le gritan.

—¿Cómo aprendiste a no llorar cuando tus padres adoptivos te gritan? –le pregunto.

—Yo no lloro.

—¿Has llorado alguna vez?

Se encoge de hombros. Hace una larga pausa. Luego se inclina y dice:

—¿Sabes por qué mi mochila está tan llena?

—¿Por qué? –pregunto.

—Porque –susurra– es mi arma.

—¿Tu arma? ¿Quieres decir que tienes un arma ahí?

—No, mi mochila es mi arma. ¡Cuando me bajo del autobús, la balanceo! La balanceo muy fuerte para que le dé a alguien. Y me dicen: «¡Oye, cuidado!» Y yo como, «Ja, ja. Lo siento, ¡es mi mochila! ¡Tengo un montón de deberes, gilipollas!».

—Oh –digo–, ¿así que te protege en el autobús?

—Sí –dice, haciendo una pausa–. Haces la manicura muy bien.

Le abanico las uñas hasta que se secan. Juliette las admira y rebosa de alegría. La acompaño por el pasillo hasta la puerta. La misma chica que entró con una capucha sobre los ojos ahora sale saludando con las manos como si fuera de la realeza.

—Adiós, adiós, chao.

– – – –

Esto se prolonga durante un año. Su asistente social y su madre de acogida están molestas conmigo porque el comportamiento grosero de Juliette en casa está empeorando, no mejorando. No puedo hacer que Juliette hable de su familia de acogida más allá de lo estúpidos que cree que son o que hable casi nada sobre su familia de origen; no puedo hacer que rellene fichas para identificar ansiedades, preocupaciones o esperanzas; no puedo hacer que practique las habilidades de afrontamiento que intento enseñarle. Lo que sí puedo hacer es pintarle las uñas, dejar que me gane a las cartas, crear elaborados saludos de diez pasos con ella y darle patatas fritas picantes para comer. Siempre, patas fritas picantes. Cada vez que entra en mi consulta, actúa con pánico: «¿Tienes mis patatas picantes?» Pero lo que oigo es, «¿Te has acordado de mí? ¿Te importo? ¿Te importa?».

Siempre hay patatas fritas picantes en la mesa. Sí, tú importas. Sí, me importa. Estamos aquí juntas. A pesar de la falta de progresos apreciables en su expediente, sé lo que estoy haciendo con Juliette. No estoy volando en la oscuridad sin instrumentos. Estoy dejando que se sienta segura y atendida. Le estoy dando una base segura. Pero compartir patatas fritas picantes y hacerle la manicura con Juliette no es congruente con las prácticas del resto del mundo de la terapia.

—Estás intentando ser su amiga, no su terapeuta –me dice su asistente social por teléfono un día.

—Vale –le digo–, ¿pero le has preguntado a Juliette si la terapia la está ayudando?

—Sí, lo hice –responde, con desdén en su voz–. Juliette me dijo que la única razón por la que va a terapia es porque le das patatas fritas picantes. No sé qué piensas que estás haciendo, pero no creemos que seas la terapeuta adecuada para ella. La vamos a cambiar a alguien nuevo. La semana que viene es su última sesión.

Estoy indignada. Inmediatamente camino por el pasillo hacia mi jefe.

—Esto es muy injusto –digo–. ¡Esta chica está muy sola! ¡No responde a nada más! Tengo que jugar con ella y cuidarla. ¡Es el único momento en que se abre!

Mi jefe deja los papeles que tiene en las manos y me mira.

—Dafna –dice–, el asistente social me llamó también a mí. Creen que tienes problemas de límites con Juliette. Realmente cuestionaron tu conducta profesional. Te sugiero que lo dejes.

¡¿Simplemente que lo deje?! ¿Que la deje a ella? ¿Que deje lo que tenemos juntas? Estoy desolada.

Juliette y yo tenemos nuestra última sesión. Jugamos a todos nuestros juegos habituales. Comemos patatas fritas picantes. Lo último que hacemos antes de que entre en el ascensor es practicar nuestro saludo de diez pasos. Es una elaborada coreografía de aplausos, puñetazos, golpes de cadera, giros y sacudidas. Le digo que no olvidaré nuestro saludo especial. Ella se ríe. Está casi aturdida, como el primer día que le hice la manicura. La puerta del ascensor se abre. Entra y no mira atrás. Las puertas se cierran.

Vuelvo a mi oficina sintiéndome profundamente triste. Parecía tan feliz. ¿Qué significa eso? ¿Fui tonta al pensar que le importaba, que la ayudaba de alguna manera? No he vuelto a oír ni a ver a Juliette.

– – – –

Cuatro años después, estoy en una reunión de servicios para la infancia y la familia planeando el regreso de un niño a su madre biológica después de vivir en un hogar de acogida. Nueve de nosotros estamos sentados en una larga y aséptica mesa. Nos vamos presentando por turnos.

—Soy Dafna Lender, terapeuta familiar –digo.

A mi derecha, una trabajadora social que nunca había visto antes echa su silla hacia atrás de repente y me toca el brazo.

—¿Dafna? ¿Tú eres Dafna? ¿La señora de las patatas fritas? ¡Tengo una chica a cargo en mi grupo de trabajo que habla de ti todo el tiempo!

«¡Ay, no! Ya está», pienso preparándome para un recordatorio de mi fracaso.

—¡Ella te adora! –exclama la asistente social–. Y es una chica dura. ¿Cómo lo conseguiste? Eres la señora de las patatas fritas, ¿verdad?

Desde lo más profundo, una sensación reconfortante baña mi cuerpo en calor, un hondo reconocimiento de haber importado en su vida. Y respondo con orgullo:

—Pues sí. Sí, sí lo soy. Soy la señora de las patatas fritas picantes.

***

Si quieres saber más sobre el modelo terapéutico que utiliza Dafna Lender en este caso te invitamos a que leas Construir los vínculos del apego de Daniel Hughes.

Dafna Lender, LCSW, es la directora de programación internacional del Instituto Theraplay, formadora certificada en Theraplay y Psicoterapia Diádica del Desarrollo, y coautora de Theraplay: The Practitioner’s Guide.

Este artículo de Dafna Lender ha sido publicado originalmente en inglés en  Psychotherapy Networker. Editorial Eleftheria lo ha publicado en esta web con permiso de la autora.